15M, 15 años después

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Yo estuve allí.

No lo digo como mérito. Lo digo como contexto. Como quien dice estuve en la tormenta antes de contarte qué aprendió de los rayos.

Estuve en la plaza cuando no sabíamos qué estábamos haciendo, y eso era exactamente lo más honesto que habíamos hecho en años. No teníamos programa. Teníamos hartazgo, y resulta que el hartazgo, bien organizado, es una forma de claridad.

Dormimos en el suelo. Hablamos con desconocidos. Tomamos decisiones por consenso a las tres de la mañana sobre cosas que nunca habíamos decidido. Y en ese proceso torpe, ruidoso, imperfecto, aprendimos algo que ninguna escuela de política nos había enseñado: que la democracia no es un resultado. Es una práctica. Y que cuando dejas de practicarla, te la quitan.

Quince años después, algunos de los que estuvimos allí estamos aquí.

No en la plaza. En el ayuntamiento. En el pleno. En la comisión de turno donde se decide si el dinero público va a quien lo necesita o a quien ya tiene demasiado.

Y a veces me preguntan si no es una contradicción. Si no habremos traicionado algo al entrar en las instituciones que entonces señalábamos.

Mi respuesta es no, pero no es un no cómodo. Un no que carga con la pregunta.

Porque entramos con la condición de no olvidar de dónde veníamos. De no intercambiar el megáfono por el cargo y llamarlo madurez. De no confundir gestionar con transformar.

El 15M no nos pidió que nos quedáramos en la plaza para siempre. Nos pidió que no nos olvidáramos de lo que vimos desde allí.

¿Y qué vimos?

Vimos que la gente, cuando se siente escuchada de verdad, tiene ideas mejores que las de cualquier despacho. Vimos que la política puede ser un acto de cuidado colectivo, no solo de competencia entre siglas. Vimos que hay otro vocabulario posible: asamblea, común, cuidados, dignidad.

Palabras que entonces sonaban raras en un pleno municipal. Palabras que ahora, quince años después, han cruzado la frontera. Palabras que ya no podemos ignorar porque las hemos pronunciado nosotras delante de micrófonos institucionales.

Eso también es el 15M. Una gramática nueva que tardó quince años en ser legible para todo el mundo.

Pero no vengo a celebrar. O no solo.

Vengo a decir que la pregunta que formulamos en 2011 sigue sin respuesta completa. ¿A quién sirve la democracia? ¿Quién decide realmente en este país, en esta provincia, en este municipio?

Y vengo a decir que nosotras —las que pasamos de la acampada al escaño, de la asamblea al pleno— tenemos una responsabilidad específica con esa pregunta. No la de responderla de una vez y para siempre. La de mantenerla viva. La de no dejar que se archive.

Porque el mayor peligro no es la derecha que nos ataca. El mayor peligro es el olvido tranquilo. La comodidad burocrática. El día en que miremos un orden del día y no nos indigne nada.

El 15M no fue un movimiento. Fue un método.

Un método que dice: cuando el sistema falla, no te resignes, organízate. Cuando te excluyen, no te vayas, exige entrar. Cuando entras, no te acomodes, transforma.

Quince años después, ese método sigue siendo el más subversivo que conozco. Porque funciona. Porque incomoda a quien tiene que incomodar. Porque la gente —cuando la tratas como sujeto político y no como audiencia— responde.

Y eso, después de todo lo que ha pasado, de todas las decepciones y los ciclos y los momentos en que parecía que nada valía la pena, eso sigue siendo suficiente razón para seguir.

Así que no. No es un aniversario.

Es una pregunta que cumple quince años sin respuesta definitiva.

Y mientras la pregunta siga viva, nosotras también.

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